En el último año, el entusiasmo del mercado ha ido migrando de un grupo de ganadores a otro: primero las hiperescaladores (las grandes tecnológicas que operan centros de datos a gran escala), después los desarrolladores de modelos, más tarde los fabricantes de semiconductores, los productores de memoria, los operadores de centros de datos y los proveedores de equipos de energía, refrigeración y redes. Sin embargo, en las últimas semanas los fondos de IA de amplio espectro y los índices con mayor peso tecnológico han empezado a perder impulso.
El Philadelphia Semiconductor Index (SOX), tras prácticamente duplicar su valor entre el mínimo de marzo y el máximo de finales de junio, entró oficialmente en fase bajista el pasado viernes 17 de julio, al acumular un descenso próximo al 20% desde ese máximo histórico; el índice recuperó parte del terreno perdido al abrirse la semana siguiente, pero el mensaje de fondo no cambia. Que el mercado corrija con esta intensidad no demuestra que el ciclo alcista haya terminado, pero incluso los relatos más sólidos acaban sometiéndose a la disciplina de la valoración y de la generación de caja.
La pregunta central, la que todavía nadie ha respondido, es sencilla: ¿quién obtendrá una rentabilidad aceptable sobre la ingente cantidad de capital que se está invirtiendo?
¿Quién ganará con la mayor ola de inversión de la historia?
Los centros de datos son activos de vida muy larga, pero la tecnología instalada en su interior puede quedar obsoleta con rapidez. Los chips más avanzados son hoy extraordinariamente rentables, pero su vida económica puede acortarse a medida que aparecen procesadores mejores, silicio diseñado a medida y software más eficiente. Por eso los inversores deben distinguir entre la vida contable de un activo y su vida competitiva. Un centro de datos puede mantenerse en pie durante décadas, mientras que los chips que justificaron su construcción pueden quedar comercialmente superados en apenas unos años.
La magnitud de la inversión hace que esta pregunta sea cada vez más urgente. El gasto de capital (capex) de las hiperescaladores en 2026 se estima en unos 725.000 millones de dólares, casi el doble que a mediados de 2025, y ese gasto está creciendo más rápido que la generación de caja operativa
Lo que enseña la historia
Esta distinción se ha repetido a lo largo de la historia financiera. El ferrocarril transformó el comercio, pero con frecuencia destruyó el capital de sus inversores. Internet cambió casi todos los sectores, pero muchas compañías de internet compradas cerca de máximos nunca se recuperaron.
Benjamin Graham advertía a los inversores contra valorar negocios cíclicos sobre la base de beneficios en su pico. Esa lección es particularmente relevante para los semiconductores. Los beneficios actuales reflejan una escasez excepcional, una demanda urgente por parte de los clientes y un gasto de capital extraordinario. El peligro está en que los inversores capitalicen esos beneficios como si fueran permanentes. Los chips de memoria siempre han sido cíclicos, y hasta los procesadores más avanzados podrían acabar enfrentándose a un exceso de capacidad, a alternativas diseñadas a medida por los propios clientes, a la competencia en precios o a una desaceleración del gasto de las hiperescaladores.
Señales de alerta que ya son visibles
Corea del Sur ofrece una advertencia. Su rally bursátil ligado a la IA se concentró de forma extrema en Samsung Electronics y SK Hynix, y se vio amplificado por productos de inversión apalancados. Tras un episodio de volatilidad extrema, el regulador anunció restricciones a los nuevos ETFs apalancados sobre acciones individuales y elevó los depósitos mínimos exigidos para negociar con ellos. La intervención regulatoria suele llegar cuando la especulación ya se ha vuelto excesiva. Otra señal de alerta y riesgo para el inversor particular es la concentración oculta. Un ETF del Nasdaq o de crecimiento global puede parecer diversificado y, sin embargo, seguir profundamente expuesto a una única hipótesis: que el capex de IA continuará subiendo y que los líderes de hoy capturarán rentabilidades atractivas de esa inversión.
¿Dónde podrían estar las oportunidades?
Sin embargo, un desinflado de la operación de IA también generaría oportunidades. Toda burbuja proyecta una sombra: mientras el mercado premiaba a las compañías que se esperaba construyeran la infraestructura de IA, castigaba a los negocios que se esperaba fueran disruptidos por ella. En algunos casos, el mercado puede haber asumido que la IA eliminará industrias enteras, cuando en realidad podría reducir costes, mejorar la productividad y reforzar a los operadores ya establecidos más grandes.
El software ha sido la víctima más visible. Cerca del billón (trillion anglosajón) de dólares se esfumaron de las acciones de software y servicios a nivel global durante una breve pero intensa corrección a principios de año, cuando los inversores temieron que los agentes de IA sustituyeran a las aplicaciones tradicionales. Es indudable que algunos productos de software acabarán siendo comoditizados. Pero los sistemas de registro, la nómina, la contabilidad, la fiscalidad, el cumplimiento normativo y el software específico de cada sector no son simples colecciones de código: contienen datos propietarios, controlan flujos de trabajo esenciales y están profundamente integrados en las operaciones del cliente. Es posible que la IA acabe siendo una interfaz más de acceso a estos sistemas, y no su sustituto.
La consultoría tecnológica ha sufrido por la creencia de que la IA reducirá la necesidad de programadores y de equipos de implementación. En la práctica, las grandes compañías siguen necesitando ayuda para depurar datos, integrar sistemas heredados, controlar riesgos de ciberseguridad y rediseñar procesos de negocio. La primera fase del boom de la IA consistió en comprar capacidad de cómputo. La siguiente fase podría consistir en hacer que esa capacidad resulte útil, lo que podría desviar el gasto desde el hardware hacia la implementación, la integración y la consultoría.
Las compañías de recursos humanos también han sido tratadas como perdedoras estructurales, bajo la premisa de que la IA eliminará puestos de trabajo. El cambio tecnológico eliminará, en efecto, algunos roles, pero también genera desajustes entre las competencias que las empresas tienen y las que necesitan. Es posible que aumente la demanda de especialistas en ciberseguridad, ingenieros de datos, profesionales de gobernanza de la IA y trabajadores temporales contratados durante las transiciones corporativas. Las empresas de selección de personal siguen siendo cíclicas, pero el mercado podría estar infravalorando su papel en la reasignación de mano de obra a medida que las compañías se adaptan.
Las compañías de atención al cliente y de externalización de procesos de negocio (BPO) representan una versión más arriesgada del mismo argumento. La IA automatizará las interacciones sencillas, pero los problemas complejos de los clientes, los procesos regulados y las transacciones sensibles probablemente seguirán requiriendo intervención humana.
Separar la adopción tecnológica de la rentabilidad
La oportunidad, por tanto, no consiste simplemente en apostar contra la IA. Consiste en separar la adopción tecnológica de la rentabilidad de la inversión. Es posible que los mayores beneficios económicos terminen fluyendo hacia las compañías que usan la IA de forma barata, y no hacia las que más gastan en construirla. Los negocios con datos propietarios, determinadas compañías de software, los consultores tecnológicos, las firmas de selección de personal, las agencias de publicidad y otras presuntas víctimas podrían resultar considerablemente más resilientes de lo que sugieren sus valoraciones actuales.
En nuestras carteras, julio de 2026 ha sido uno de nuestros meses de mejor rentabilidad relativa, a medida que el complejo de la IA se ha corregido y las acciones de valor han atraído capital. Un solo mes no establece una rotación duradera. Aun así, podría estar indicando que el mercado empieza a redescubrir flujos de caja olvidados fuera de la operación de IA. El estallido de una burbuja no destruye la tecnología subyacente. Destruye las expectativas excesivas. Para el inversor paciente, la oportunidad más interesante quizá no sea encontrar al próximo ganador de la IA, sino identificar negocios sólidos que el mercado, prematuramente, dio por perdedores de la IA.
John Tidd es director de inversiones en Hamco AM y gestor delegado de los fondos Hamco Global Value Fund y Hamco Quality Fund
Mis comentariosNormas Rellena tu nombre y apellido para comentar completar datos Suscríbete en El País para participarYa tengo una suscripción